Libro de las maravillas del mundo

Libro de las maravillas del mundo

Y os diré que ésta resistió tres años, después de que todo Mangi se hubo entregado. Y eso que la cercó un innumerable ejército del Gran Khan. Pero como éste no podía desplegarse, debiendo tenerse a orillas de un inmenso lago muy profundo, el ejército del Gran Khan no podía cercarla más que por tramontana, y las otras tres partes de la ciudad estaban al amparo del lago y se surtían en él de víveres. Y no hubieran levantado el cerco si no fuera por lo que voy a contaros: Cuando el ejército del Gran Khan le puso el cerco durante tres años, el gran señor entró en mucha cólera, no pudiendo ocuparla en todo este tiempo. Entonces micer Nicolás, micer Mafeo y micer Marco dijeron: «Encontraremos el medio de que se rindan». Y el ejército dijo que esto les llenaba de gozo. Todos estos discursos se cruzaban en presencia del Gran Khan, pues los parlamentarios habían venido a decir al gran señor que no lograban rendir la plaza, porque los sitiados siempre tenían donde aprovisionarse. El gran señor dijo turbado: «Es menester inventar algo para tomar la ciudad». Entonces los dos hermanos y micer Marco, su hijo, replicaron: «Gran señor, tenemos con nosotros en nuestras casas hombres que harán tales máquinas que lanzarán piedras tan gordas, que los de la ciudad no podrán resistir y cederán». El Gran Khan dijo a micer Nicolás y a su hermano que lo vería con agrado; que hicieran esa máquina de guerra lo antes posible. Entonces micer Nicolás y su hermano e hijo, que tenían en su casa a un alemán y a un cristiano nestoriano que sabían hacer ingeniosamente estas cosas, les ordenó que hicieran dos o tres catapultas para lanzar piedras de 300 libras. Y estos dos hombres hicieron tres piezas magníficas. Y cuando estuvieron listas las hizo llevar al ejército que cercaba a Caianfu y no lograba rendirla. Cuando hicieron armar las máquinas de guerra, les pareció a los tártaros la mayor maravilla del mundo. ¿Y qué os diré? Cuando las catapultas se irguieron y empezaron a funcionar lanzando la primera piedra en la ciudad, la primera que llegó alcanzó una casa, aplastándola, y esto suscitó gran tumulto. Y los hombres de la ciudad, que veían esta nueva desventura que se les venía encima, se llenaron de espanto y asombro y no sabían qué hacer, ni decir. Se reunieron en Consejo, no sabiendo qué partido tomar para escapar a este nuevo artificio de guerra. Se dieron todos por muertos si no se rendían, y decidieron capitular. Entonces mandaron un pregón o heraldo para decirle al jefe del ejército que querían rendirse, como lo habían hecho las demás ciudades de la provincia, y ser vasallos del Gran Khan, y el general y el capitán dijeron que así lo deseaban, y recibieron a una delegación de parlamentarios, que los invitaron a entrar en la ciudad. Esto lo consiguieron los tártaros gracias a micer Nicolás, Mafeo y Marco, y no es poco decir, pues sabed que ésta es una de las mejores provincias que posee el Gran Khan y le procuran mayor renta y provecho.


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