Libro de las maravillas del mundo

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Y este Sergamoni fue el primer hombre a quien representaron como ídolo. Porque, según ellos, esta criatura fue el mejor de los hombres y el primero que consideraron santo y en nombre del cual hicieron un ídolo. Y éste fue hijo de un gran rey rico y poderoso. Este joven príncipe era de vida tan ejemplar que no quería ni oír hablar de que un día sería rey. Cuando oyó su padre que no quería reinar y que tenía despego por las cosas del mundo, montó en cólera. Le ofreció coronarle y dejarle que gobernara el país según su voluntad y entendimiento. Y quiso abdicar y dejar su corona para que él fuera el único señor. Su hijo protestaba que nada deseaba, y cuando su padre vio que no quería el mando de ninguna forma, se enojó tanto, que creyó morirse de pena, y no es extraño, porque no tenía otro hijo a quien dejar el reino. Y el rey tomó la resolución de obligar a su hijo a que tomara gusto a las cosas del mundo y quisiera poseer la corona. Le hizo encerrar en un magnífico palacio y le dio 3000 doncellas bellas y agraciadas para que lo sirvieran. Y no quiso que hubiera ni un solo hombre entre ellas. Estas bellas jóvenes le acompañaban en su cámara, le servían en la mesa y le velaban el sueño. Y cantaban y bailaban ante él y le hacían la vida agradable, como se lo había recomendado el rey. Pero nada pudieron para decidirle y arrastrarle a la lujuria; al contrario, cada día crecía su entereza y se volvía más casto. Y hacia una vida edificante. Era un joven tan delicado que nunca había visto miserias ni había salido de palacio, ni había visto un hombre enfermo ni había visto a un muerto, porque su padre no permitía que ningún viejo ni enfermo se presentase ante él. Y sucedió que un día, cabalgando el joven príncipe, se encontró con un hombre muerto en mitad del camino. Y no cayó de su asombro, pues era la primera vez que esto veía. Y preguntó a su escolta lo que era aquello; le contestaron que aquello era un muerto. «¿Cómo? —dijo el hijo del rey—. ¿Todos los hombres mueren?». «Sí, señor; en verdad, morimos todos». Y no añadió palabra y siguió su camino muy pensativo. No habría cabalgado cien pasos cuando encontró a un hombre muy anciano, que apenas podía andar y tenía una boca desdentada por causa de muchos años. Y cuando el hijo del rey vio a ese viejo, preguntó qué era aquello y por qué no podía andar. Y los que le acompañaban le dijeron que por ser tan anciano no podía caminar y había perdido todos sus dientes. Y cuando el hijo del rey oyó lo del muerto y vio a aquel anciano volvió a su palacio y se dijo que no quería andar más en este triste mundo y que quería ir en busca de aquel que nunca muere y que le había creado. Y se escapó del palacio de su padre y se fue por las montañas empinadas, salvajes y solitarias, y allí vivió toda su vida honestamente en gran castidad y abstinencia. Y lo cierto es que si hubiera sido cristiano hubiese sido un gran santo como nuestro Señor Jesucristo.


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