Albertina desaparecida
Albertina desaparecida Mi madre me había llevado a pasar unas semanas a Venecia y -como puede existir belleza lo mismo en las cosas más humildes que en las más exquisitas- disfrutaba allí de impresiones análogas a las que tantas veces experimentaba antaño en Combray, aunque traspuestas de manera totalmente distinta y más rica. Cuando a las diez de la mañana venían a abrirme los postigos, veía llamear, en vez del mármol negro en que se transformaban resplandeciendo las pizarras de San Hilario, el Angel de oro del campanile de San Marcos. Refulgiendo de tal modo que casi resultaba imposible mirarlo, me hacía con sus brazos abiertos de par en par -para cuando yo estuviese media hora más tarde en la Piazzetta- una promesa de dicha más segura que la que tuviera que anunciar en tiempos a los hombres de buena voluntad. Era lo único que podía ver mientras estaba acostado, pero como el mundo no es sino un gran reloj de sol en el que un solo segmento soleado nos permite ver la hora que es, desde la primera mañana pensé en las tiendas de la plaza de la iglesia en Combray, que los domingos estaban a punto de cerrar cuando yo llegaba a misa, en tanto que la paja del mercado comenzaba a oler mal bajo el sol ya caliente. Pero a partir del segundo día lo que vi al despertarme, lo que me hizo levantar (pues sustituyó en mi memoria y en mi deseo los recuerdos de Combray), fueron las impresiones de mi primera mañana por Venecia, por Venecia, donde la vida cotidiana no era menos real que en Combray, donde, como en Combray los domingos por la mañana, se disfrutaba también bajando a una calle en fiestas, pero donde esa calle aparecía cubierta de un agua de zafiro, refrescada por tibios soplos de brisa, y era de un color tan resistente que mis ojos fatigados podían, para relajarse y sin temor a que cediese, apoyar en ella sus miradas. Como en Combray los vecinos de la calle de l'Oiseau, también en esta nueva ciudad los habitantes salían de las casas alineadas una junto a otra en la calle principal, pero ese papel de las casas proyectando un poco de sombra a sus pies lo desempeñaban en Venecia los palacios de pórfido y jaspe, sobre cuya puerta cimbrada la cabeza de un dios barbudo (rebasando la alineación, como la aldaba de una puerta en Combray) oscurecía con su reflejo no el suelo oscuro, sino el espléndido azul del agua. En la Piazza, la sombra que habrían proyectado en Combray el toldo de la tienda de novedades y el letrero de la peluquería eran las florecillas azules que siembra a sus pies en el desierto del rutilante enlosado el relieve de una fachada renacentista; y no es que, cuando el sol pegaba fuerte, no fuese necesario, en Venecia como en Combray, bajar los toldos aun hasta la misma orilla del canal; pero se extendían entre los cuatrifolios y los follajes de las ventanas góticas. Lo mismo diré de la de nuestro hotel, ante cuyos balaustres me esperaba mi madre mirando el canal, con una paciencia que no hubiera mostrado antaño en Combray en aquella época en que, poniendo en mí esperanzas que luego no se verían realizadas, no quería dejar traslucir lo mucho que me quería. Ahora comprendía que su frialdad aparente nada cambiaría, y el cariño que me prodigaba era como esos alimentos prohibidos que dejan de negarse a los enfermos cuando se hace evidente que ya no pueden sanar. Cierto que las humildes particularidades que conferían individualidad a la ventana de la habitación de mi tía Léonie, en la calle de l'Oiseau, su asimetría debida a la desigual distancia que mediaba entre las dos ventanas contiguas, la excesiva altura de su antepecho de madera y la barra acodada que servía para abrir los postigos, las dos cortinas de brillante raso azul abiertas y separadas por un alzapaño, el equivalente a todo ello existía en aquel hotel de Venecia donde me llegaban también esas palabras tan peculiares, tan elocuentes, que nos permiten reconocer de lejos la casa adonde regresamos a almorzar, y más tarde quedan impresas en nuestro recuerdo testimoniado de que durante cierto tiempo esa casa fue la nuestra; pero, en Venecia, el papel de pronunciarlas correspondía, no como en Combray y en casi todas partes, a las cosas más sencillas, incluso las más insignificantes, sino a la ojiva aún medio árabe de una fachada que figura en todos los museos de reproducciones y en todos los libros de arte ilustrados como una de las obras maestras de la arquitectura doméstica en la Edad Media; desde muy lejos, y cuando apenas había rebasado San Jorge el Mayor, divisaba aquella ojiva que me había visto, y el vuelo de sus arcos mitrales confería a su sonrisa de bienvenida la distinción de una mirada más elevada, casi incomprendida. Y porque tras aquellos balaustres de mármol de distintos colores mamá leía aguardándome, cubierto el rostro por un velillo de tul, de un blanco tan desgarrador como el de sus cabellos para mí, consciente de que mi madre, ocultando sus lágrimas, lo había incorporado a su sombrero de paja no sólo para dar una impresión de ir más «vestida» ante la gente del hotel, sino sobre todo para parecerme menos enlutada, menos triste, casi consolada de la muerte de mi abuela; porque, sin haberme reconocido de inmediato, no bien la llamaba desde la góndola, mandaba hacia mí, desde el fondo de su corazón, su amor, que no se detenía sino donde ya no había materia para sostenerlo -en la superficie de su mirada apasionada que intentaba acercar lo más posible a mí, que procuraba realzar, en la punta de los labios, con una sonrisa que parecía abrazarme- enmarcado y bajo el dosel de la sonrisa más discreta de la ojiva iluminada por el sol de mediodía: por todo eso, aquella ventana ha dejado impreso en mi memoria el grato recuerdo de las cosas que participaron con nosotros, junto a nosotros, en cierta hora que sonaba, la misma para nosotros y para ellas; y, por admirables que sean sus parteluces, aquella ilustre ventana conserva para mí el aspecto íntimo de un hombre eminente con el que hubiéramos veraneado un mes en el mismo sitio, con quien hubiéramos trabado allí cierta amistad; y si, desde entonces, cada vez que veo la reproducción de esa ventana en un museo, tengo que aguantarme las lágrimas, es sencillamente porque me dice lo que más me llega al corazón: «Me acuerdo muy bien de tu madre.»
