Albertina desaparecida
Albertina desaparecida Esta desdicha era la mayor de toda mi vida. Y, no obstante, el sufrimiento que me causaba quedaba quizá rebasado por la curiosidad de conocer las causas de esa desdicha, a quién había deseado, encontrado, Albertine. Pero las fuentes de estos grandes acontecimientos son como las de los ríos, por mucho que recorremos la superficie de la tierra, no las encontramos. ¿Tenía premeditada Albertine su fuga desde hacía tiempo? No he comentado (porque aquello me pareció entonces simple capricho y malhumor, lo que llamaba Françoise «estar de morros») que, desde el día en que dejó de besarme, parecía un alma en pena, tiesa, petrificada, con voz triste hasta para las cosas más nimias, lenta en sus movimientos, sin sonreír jamás. No puedo decir que algún hecho probara connivencia alguna con el exterior. Françoise me contó más adelante que, al entrar la antevíspera de la marcha en su cuarto, no había nadie y estaban las cortinas cerradas, pero que notó por el olor del aire y por el ruido que la ventana estaba abierta. Y en efecto encontró a Albertine en el balcón. Pero no acaba de verse con quién podía mantener contactos desde allí, y además las cortinas corridas sobre la ventana abierta se explicaban sin duda porque sabía que yo temía las corrientes de aire y, si bien las cortinas no me protegían gran cosa, hubieran impedido a Françoise ver desde el pasillo que estaban abiertos los postigos tan temprano. No, no veo sino un pequeño detalle que demuestra tan sólo que, la víspera, sabía que iba a marcharse. La víspera en efecto cogió de mi cuarto sin que yo me diese cuenta una gran cantidad de papel y de tela de embalaje que había allí, con ayuda de los cuales embaló sus innumerables batines y saltos de cama durante toda la noche, para marcharse al día siguiente. Es el único detalle, no hubo más. No puedo conceder importancia al hecho de que me devolviese casi a la fuerza aquella noche mil francos que me debía, la cosa no tiene nada especial, pues era enormemente escrupulosa en cuestiones de dinero. Sí, cogió los papeles de embalaje la víspera, pero ya antes de la víspera sabía que se marcharía. Pues no fue el dolor lo que la movió a marchar, sino la firme resolución de irse, de renunciar a la vida que había soñado, lo que le dio ese aspecto dolorido. Dolor, casi solemnemente frío conmigo, salvo la última noche en que, tras quedarse en mi cuarto más tarde de lo que tenía previsto -lo que me extrañaba de ella, que siempre quería alargar ese momento-, me dijo desde la puerta: «Adiós, pequeño, adiós, pequeño.» Pero no le di importancia en el instante. Me dijo Françoise que a la mañana siguiente, cuando le anunció que se marchaba (aunque ello sea explicable también por la fatiga, pues no se había desnudado y se había pasado la noche embalando, salvo las cosas que tenía que pedirle a Françoise, que no estaban en su habitación ni en su cuarto de baño), estaba muchísimo más triste, más tiesa, más petrificada que los días anteriores, hasta tal punto que a Françoise le dio la impresión, cuando le dijo: «Adiós, Françoise», de que se iba a caer. Cuando nos enteramos de tales cosas, comprendemos que la mujer que nos gustaba muchísimo menos que todas cuantas nos tropezamos tan fácilmente en nuestros paseos habituales, a quien echábamos en cara el sacrificarlas por ella, es por el contrario la que preferiríamos mil veces. Pues ya no entran en lid un placer determinado -que por el uso, y acaso por la mediocridad del objeto, ha pasado a ser casi nulo- y otros placeres, ellos sí tentadores, maravillosos, sino esos placeres y algo mucho más intenso que ellos, la compasión por el dolor.
