Dias de lectura

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Este concepto de una verdad sorda a las llamadas de la reflexión y dócil al juego de las influencias, de una verdad que se obtiene mediante cartas de recomendación, que pone en nuestras manos aquel que la detentaba materialmente sin quizá conocerla siquiera, de una verdad que se puede copiar en un cuaderno, este concepto de la verdad está lejos sin embargo de ser el más peligroso de todos. Pues muy a menudo para el historiador, incluso para el erudito, esa verdad que van a buscar lejos en un libro no es tanto, propiamente hablando, la verdad en sí misma como su indicio o su prueba, pudiendo ser por consiguiente sustituida por otra verdad que la primera anuncia o ratifica y que es al menos, ella sí, una creación individual de su mente. No le ocurre lo mismo al hombre instruido. Él lee por leer, para recordar lo que ha leído. Para él, el libro no es el ángel que levanta el vuelo en cuanto ha abierto las puertas del jardín celestial, sino un ídolo inmóvil al que adora por sí mismo, y que, en vez de recibir una dignidad verdadera de los pensamientos que despierta, comunica una dignidad ficticia a cuanto le rodea. El hombre instruido menciona sonriendo tal o cual nombre que se encuentra en Villehardouin o en Boccaccio[28], o tal otro citado por Virgilio. Su espíritu sin actividad original no sabe aislar en los libros la sustancia que podría hacerle más fuerte; carga con su forma intacta, que, en lugar de ser para él un elemento asimilable y un principio de vida, no es sino un cuerpo extraño y un principio de muerte. Huelga decir que si califico de malsanos ese gusto y esa especie de respeto fetichista por los libros es en relación a lo que serían las costumbres ideales de una mente perfecta que no existe, como hacen los fisiólogos que describen un funcionamiento normal de los órganos que es imposible encontrar en ningún organismo vivo. En la realidad, por el contrario, donde no hay ni mentes perfectas ni cuerpos enteramente sanos, aquellas mentes que llamamos privilegiadas padecen como las demás de esa «enfermedad literaria». Más que las otras, seguramente. Parece que la afición a los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella, pero en el mismo tallo; como toda pasión va acompañada de una predilección por lo que rodea a su objeto, tiene relación con él o en su ausencia se lo recuerda. De ahí que los grandes escritores, cuando no están en comunicación directa con el pensamiento, disfruten con la compañía de los libros. ¿Acaso no han sido escritos pensando sobre todo en ellos, acaso no les descubren mil bellezas que al vulgo permanecen ocultas? A decir verdad, el hecho de que haya espíritus superiores que puedan calificarse de librescos no prueba en absoluto que serlo no sea un defecto. Del hecho de que muchos hombres mediocres sean trabajadores y que muchos inteligentes sean perezosos no podemos deducir que el trabajo no sea para el espíritu una disciplina mejor que la pereza. A pesar de ello, descubrir en un gran hombre uno de nuestros defectos nos inclina siempre a preguntarnos si en el fondo no será una cualidad desconocida, y nos da gusto enterarnos de que Hugo se sabía de memoria a Quinto Curcio, a Tácito y a Justino, y que, si discutían delante de él la legitimidad de un término[29], era capaz de establecer su filiación, remontándose a su origen, mediante citas que revelaban una auténtica erudición. (He demostrado en otro lugar que en él esa erudición había alimentado al genio en vez de sofocarlo, igual que un haz de leña apaga un fuego pequeño y aviva uno grande). Maeterlinck, que para nosotros es lo contrario del hombre instruido y cuya mente está siempre abierta a las mil emociones anónimas que pueden comunicarle la colmena, el macizo de flores o el pastizal, nos tranquiliza mucho acerca de los peligros de la erudición, y casi de la bibliofilia, cuando nos describe como un buen aficionado los grabados que adornan una vieja edición de Jacob Cats o del abate Sanderus. Estos peligros, por otra parte, cuando existen, amenazan mucho menos la inteligencia que la sensibilidad; la capacidad de lectura provechosa, por decirlo así, es mucho mayor entre los pensadores que entre los escritores de imaginación. Schopenhauer, por ejemplo, nos ofrece la imagen de una mente cuya vitalidad lleva sin esfuerzo el peso de una cantidad de lectura enorme, reduciendo inmediatamente cada conocimiento nuevo a la parte de realidad, a la porción viva que contiene.


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