La fugitiva
La fugitiva * * *
Pasa el tiempo y poco a poco todo lo que nos decíamos como mentira se vuelve verdad, lo había yo experimentado demasiado con Gilberte; la indiferencia que yo había fingido, cuando no cesaba de sollozar, había acabado realizándose; poco a poco, la vida, como decía yo a Gilberte con una fórmula mendaz y que retrospectivamente había resultado verdadera, nos había separado. Yo me lo recordaba, me decía: «Si Albertine deja pasar algunos meses, mis mentiras llegarán a ser verdad y, ahora que lo más duro ha pasado, ¿no sería de desear que dejara pasar esos meses? Si vuelve, renunciaré a la vida verdadera que aún no estoy —cierto es— en condiciones de saborear, pero que progresivamente podrá empezar a presentar para mí encantos, mientras el recuerdo de Albertine vaya debilitándose». No digo que el olvido no comenzara a hacer su labor, pero uno de los efectos del olvido —al hacer que muchos de los aspectos enojosos de Albertine, de las horas aburridas que pasaba con ella, hubieran dejado de presentarse a mi memoria, hubiesen dejado, por tanto, de ser motivos de desear que no estuviera ya allí, como lo deseaba cuando aún estaba— era precisamente el de darme una idea somera, embellecida, de todo el amor que había sentido por otras. De esa forma particular, el olvido, pese a contribuir a habituarme a la separación, me hacía desear más —al mostrarme a Albertine más dulce, más bella— su regreso.