La fugitiva

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Por lo demás, al recuerdo de las horas incluso puramente naturales se sumaría por fuerza el paisaje moral que hace de ellas algo excepcional. Cuando más adelante oyera la corneta del cabrero, con un primer buen tiempo, casi italiano, el mismo día mezclaría sucesivamente con su luz la ansiedad de saber que Albertine estaba en el Trocadero, tal vez con Léa y las otras dos muchachas, y después con la dulzura familiar y doméstica, casi común, de una esposa que entonces me parecía molesta y a la que Françoise iba a traerme a casa de nuevo. Yo había creído que aquel mensaje telefónico de Françoise que me había transmitido el homenaje obediente de Albertine, quien volvía con ella, me enorgullecía, pero me había equivocado. Si me había embriagado, había sido porque me había hecho sentir que aquella a quien yo amaba era mía efectivamente, vivía sólo para mí e incluso a distancia, sin que yo hubiera de ocuparme de ella, me consideraba su esposo y su dueño y volvía cuando yo se lo pedía. Así, aquel mensaje telefónico había sido una partícula de dulzura, procedente de lejos, emitida desde ese barrio del Trocadero, donde resultaba haber para mí veneros de felicidad que dirigían hacia mí moléculas tranquilizadoras, bálsamos calmantes, que devolvían por fin una tan grata libertad espiritual, que ya había podido esperar —mientras me entregaba sin la restricción de una sola inquietud a la música de Wagner— la llegada segura de Albertine, sin fiebre, con una absoluta falta de impaciencia, en la que no había sabido reconocer la felicidad y la causa de aquella felicidad de que ella volviese, me obedeciera y me perteneciese era el amor, no el orgullo. En aquel momento me habría dado completamente igual tener a mis órdenes a cincuenta mujeres que volvieran cuando se lo pidiese con una señal, no de Trocadero, sino de las Indias, pero aquel día, al saber que Albertine, mientras estaba yo solo en mi habitación haciendo música, venía, dócil, hacia mí, yo había respirado —diseminada como una polvareda al sol— una de esas substancias que —así como otras son saludables para el cuerpo— sientan bien al alma. Luego, media hora después, había habido la llegada de Albertine y después el paseo con ella, que yo había creído aburridos, porque iban acompañados para mí de la certidumbre, pero que, gracias a ésta precisamente, habían transcurrido —a partir del momento en que Françoise me había telefoneado que volvía con ella— con una calma dorada en las horas siguientes, las habían vuelto algo así como un segundo día muy diferente del primero, porque tenía un trasfondo moral muy distinto, que hacía de él un día original, que iba a sumarse a la diversidad de los por mí conocidos hasta entonces, un día que nunca habría podido yo imaginar —así como no podríamos imaginar el descanso de un día de verano, si días semejantes no existieran en la serie de los que hemos vivido—, un día del que no podía yo decir que lo recordara, pues a aquella calma se sumaba ahora un sufrimiento que hasta entonces no había sentido, pero mucho más adelante, cuando volví a recorrer en sentido inverso las épocas por las que había pasado antes de amar tanto a Albertine, cuando mi cicatrizado corazón pudo separarse sin sufrimiento de Albertine, ya muerta, cuando pude recordar por fin sin sufrimiento aquel día en que Albertine había ido a hacer recados con Françoise, en lugar de quedarse en el Trocadero, rememoré con placer aquel día como perteneciente a una estación moral que no había yo conocido hasta entonces; lo recordé por fin exactamente, sin sumarle ya sufrimiento y, al contrario, como se recuerdan ciertos días de verano que nos parecieron demasiado calurosos cuando los vivimos y de los que hasta después no extraemos la ley sin aleación de oro fijo e indestructible azul.


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