La prisionera
La prisionera Por eso, la tarde de la que hablo y en la que recordĂ© a la Sra. de Guermantes el vestido rojo que llevaba a la velada de su prima, el Sr. de BrĂ©autĂ© tuvo una acogida bastante mala, cuando —queriendo decir algo, por una asociaciĂłn de ideas que permaneciĂł obscura y no reveló—, comenzĂł haciendo maniobrar la lengua en la punta de su boca de pitiminĂ, asĂ: «A propĂłsito del caso Dreyfus…». (ÂżPor quĂ© del caso Dreyfus? Se trataba simplemente de un vestido rojo y el pobre BrĂ©autĂ©, que nunca pensaba en otra cosa que en agradar, no tenĂa —cierto es— la menor intenciĂłn maliciosa), pero el simple nombre de Dreyfus hizo fruncir las jupiterinas cejas del duque de Guermantes. «Me han contado», dijo BrĂ©autĂ©, «una ocurrencia bastante buena, muy fina, la verdad, de nuestro amigo Cartier» (¡avisemos al lector de que ese Cartier, hermano de la Sra. de Villefranche, no tenĂa la menor relaciĂłn con el joyero del mismo nombre!), «cosa que, por lo demás, no me extraña, pues tiene ingenio para dar y tomar». «Pues a mĂ», interrumpiĂł Oriane, «no me hace gracia precisamente. No puede usted imaginarse lo que su Cartier me ha fastidiado siempre y nunca he podido comprender el encanto infinito que Charles de la TrĂ©moĂŻlle y su mujer ven en ese pelmazo al que me encuentro en su casa siempre que voy». «Mi ’uerida du’uesa», respondiĂł BrĂ©autĂ©, quien tenĂa dificultad para pronunciar las q, «me parece usted muy severa con ’artier. Cierto es que tal vez se haya aposentado excesivamente en casa de los La TrĂ©moĂŻlle, pero, en fin, para Charles es —¿’ómo lo dirĂa yo?— ’omo un fiel Acate, ’osa que ha llegado a ser muy po’o ’omĂşn en los tiempos que ’orren. En todo ’aso, Ă©sta es la o’urrencia ’ue me han ’ontado. Al parecer, ’artier dijo ’ue, si el Sr. Zola habĂa intentado ser procesado y ’ondenado, era para probar una sensaciĂłn que no ’onocĂa aĂşn: la de estar en la ’árcel». «Por eso se dio a la fuga antes de ser detenido», interrumpiĂł Oriane. «Eso no se tiene en pie. Por lo demás, aun cuando fuera verosĂmil, me parece una ocurrencia totalmente idiota. ¡Si eso es lo que le parece ingenioso a usted!». «Dios mĂo, mi ’uerida Oriane», respondiĂł BrĂ©autĂ©, quien, al ver que le llevaban la contraria, empezaba a dar marcha atrás, «no es una o’urrencia mĂa, se la repito tal ’omo me la ’ontaron, tĂłmela por lo ’ue vale. En todo ’aso, fue el motivo por el ’ue ’artier fue reprendido ’on firmeza por ese excelente La TrĂ©moĂŻlle, ’uien con mucha razĂłn no ’uiere ’ue se hable en su salĂłn de lo ’ue podrĂamos llamar —¿’ómo dirĂa yo?— los asuntos en ’urso y que se sentĂa tanto más ’ontrariado ’uanto ’ue estaba presente la Sra. de Alphonse Rothschild. ’artier tuvo ’ue soportar una autĂ©ntica reprimenda de La TrĂ©moĂŻlle». «Claro está», dijo el duque de muy mal humor, «los Alphonse Rothschild, aunque tienen tacto para nunca hablar de ese abominable caso, son dreyfusistas en el alma, como todos los judĂos. Se trata incluso de un argumento ad hominem» (el duque empleaba un poco a tontas y a locas la expresiĂłn ad hominem) «que no se esgrime lo suficiente para mostrar la mala fe de los judĂos. Si un francĂ©s roba, asesina, no me siento obligado, porque sea francĂ©s como yo, a considerarlo inocente, pero los judĂos nunca admitirán que uno de sus conciudadanos sea un traidor, aunque lo sepan perfectamente, y les preocupan muy poco las espantosas repercusiones» (el duque pensaba, naturalmente, en la maldita elecciĂłn de Chaussepierre) «que el crimen de uno de los suyos puede tener hasta… A ver, Oriane, no me negarás que es abrumador para los judĂos que todos ellos apoyen a un traidor. No me negarás que es porque son judĂos». «Huy, Dios mĂo, sĂ», respondiĂł Oriane (quien sentĂa, junto con cierta irritaciĂłn, cierto deseo de oponer resistencia al JĂşpiter tonante y tambiĂ©n de dar a entender que «la inteligencia» estaba por encima del caso Dreyfus), «pero tal vez sea precisamente porque, al ser judĂos y conocerse a sĂ mismos, saben que se puede ser judĂo y no ser forzosamente traidor y antifrancĂ©s, como afirma, al parecer, el Sr. Drumont. Desde luego, si hubiera sido cristiano, los judĂos no se habrĂan interesado por Ă©l, pero lo han hecho porque notan perfectamente que, si no fuese judĂo, no se lo habrĂa considerado tan fácilmente traidor “a priori”, como dirĂa mi sobrino Robert». «Las mujeres no entienden nada de polĂtica», exclamĂł el duque, mientras miraba fijamente a los ojos a la duquesa, «pues ese crimen atroz no es simplemente una causa judĂa, sino lisa y llanamente un inmenso asunto nacional que puede granjear las más espantosas consecuencias a Francia, de la que habrĂa que expulsar a todos los judĂos, si bien reconozco que las sanciones adoptadas hasta ahora no han ido (de una forma innoble y que se deberĂa revisar) dirigidas contra ellos, sino contra sus adversarios más eminentes, contra hombres de primer orden, a quienes, para desgracia de nuestro paĂs, se ha dejado apartados».