La prisionera

La prisionera

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Cuando ahora pienso en que a nuestro regreso de Balbec mi amiga había venido a vivir en París bajo el mismo techo que yo, que había renunciado a irse en un crucero, que su cuarto estaba a veinte pasos del mío, al final del pasillo, en el despacho tapizado de mi padre, y que todas las noches, muy tarde, antes de separarse de mí, deslizaba su lengua en mi boca, como un pan cotidiano, un alimento nutritivo, y con el carácter casi sagrado de toda carne a la que los sufrimientos que hemos soportado por ella han acabado confiriendo como una dulzura moral, lo que evoco al instante, en comparación, no es la noche que el capitán de Borodino me permitió pasar en el cuartel, como un favor que sólo curaba, en una palabra, un malestar efímero, sino aquella en la que mi padre mandó a mi madre a dormir en la camita contigua a la mía, pues la vida, si debe librarnos una vez más de un sufrimiento que parecía inevitable, lo hace en condiciones hasta tal punto diferentes y a veces opuestas, ¡que el reconocimiento de la identidad de la gracia concedida representa casi un aparente sacrilegio!

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