La prisionera

La prisionera

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Los defectos de Andrée se habían revelado: ya no era tan agradable como cuando la había conocido yo. Había ahora en ella, a flor de piel, como una agria inquietud, lista para acumularse como en el mar una borrasca con sólo que yo me pusiese a hablar de algo que era agradable para Albertine y para mí. No por ello podía Andrée dejar de ser mejor para conmigo, quererme más —y con frecuencia tuve pruebas de ello— que personas más amables, pero, a la menor apariencia de felicidad que tuviéramos, si no la había causado ella, le infundía una impresión nerviosa, desagradable como el ruido de un portazo. Admitía los sufrimientos en los que ella nada tenía que ver, no los placeres; si me veía enfermo, se afligía, me compadecía, me habría cuidado, pero, si yo tenía una satisfacción tan insignificante como estirarme con expresión de beatitud, al cerrar un libro y decir: «¡Ah! Acabo de pasar dos horas encantadoras leyendo tal libro divertido», esas palabras, que habrían complacido a mi madre, a Albertine, a Saint-Loup, inspiraban a Andrée como una censura, tal vez simplemente de desazón nerviosa. Mis satisfacciones le causaban una rabia que no podía ocultar. Completaban esos defectos otros más graves; un día en que yo estaba hablando de aquel joven tan enterado en materia de carreras, juegos y golf y tan inculto en todo lo demás al que había conocido con la panda en Balbec, Andrée se puso a burlarse: «Pues has de saber que su padre ha robado, ha estado a punto de ser procesado, lo que no les impide presumir aún más, pero yo me divierto contándoselo a todo el mundo. Me gustaría que me denunciaran por calumnias. ¡Iba yo a hacer una declaración preciosa!». Le centelleaban los ojos. Ahora bien, me enteré de que el padre no había cometido indelicadeza alguna y Andrée lo sabía tan bien como cualquiera, pero se había creído despreciada por el hijo, había buscado algo que pudiese ponerlo en un aprieto, avergonzarlo, y había inventado toda una novela de declaraciones judiciales imaginarias por formular y, a fuerza de repetirse los detalles, tal vez ya no supiese ella misma si eran ciertas.


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