Los placeres y los dias

Los placeres y los dias

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A los dieciséis años atravesé una crisis que me dejó enferma. Para distraerme me presentaron en sociedad. Los jóvenes tomaron la costumbre de visitarme. Entre ellos, uno era perverso y malo. Tenía modales a un tiempo dulces y audaces. Me enamoré de él. Mis padres se enteraron y no violentaron nada para no apenarme demasiado. Invirtiendo todo el tiempo que no lo veía, pensando en él, acabé por rebajarme hasta parecérmele, tanto como era posible. Me inducía a obrar, mal, casi por sorpresa; luego me acostumbró a despertar malos pensamientos a los que no tuve voluntad que oponerle, única potencia capaz de hacerlos volver a la sombra infernal de donde salían. Cuando concluyó el amor, el hábito ocupó su lugar y no faltaban jóvenes inmorales para explotarlo. Cómplices de mis faltas, también se constituían en apologistas frente a mi conciencia. Tuve primero unos atroces remordimientos, hice unas confesiones que no fueron interpretadas. Mis camaradas me convencieron dé que no insistiera ante mi padre. Me convencían lentamente de que todas las muchachas procedían de idéntica manera y que los padres fingían ignorarlo. Las mentiras a que me veía obligada incesantemente, las coloreó muy pronto mi imaginación con las apariencias de un silencio que convenía guardar acerca de una necesidad ineludible. En ese momento, ya no vivía bien; soñaba, pensaba, sentía aún.


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