Los placeres y los dias

Los placeres y los dias

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Pronto terminarían mis tíos su partido de naipes y volverían. Íbamos a adelantarnos, no caería más, era la última vez. Entonces, sobre la estufa, me vi en el espejo. Toda esa vaga angustia de mi alma, no estaba pintada en mi cara, pero toda ella respiraba, desde los ojos brillantes a las mejillas encendidas y la boca ofrecida, una alegría sensual, estúpida y bruta. Pensé entonces en el horror de quien me hubiera visto besar hacía un instante a mi madre, con ternura, y me viera ahora transfigurada en esa forma, en animal. Pero en seguida se irguió en el espejo, contra mi cara, la boca de Santiago, ávida bajo sus bigotes. Turbada hasta lo más profundo, acerqué mi cabeza a la suya, cuando frente a mí vi —sí, lo digo como era, escuchadme ya que puedo decirlo—, sobre el balcón, delante de la ventana, a mi madre, que me miraba estupefacta. No sé si ella gritó, no oí nada, pero cayó hacia atrás y se quedó con la cabeza apresada entre dos barrotes del balcón…








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