Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Las palabras cuyo significado he perdido, quizás habría que volver a decírmelas ante todo por todas esas cosas que tienen desde entonces un camino que conduce hasta mí, abandonado desde hace muchos años, pero que puede volver a usarse y que, conservo tal fe, no está cerrado para siempre. Habría que volver a Normandía, no esforzarse, ir sencillamente junto al mar. O mejor, tomaría los caminos arbolados desde donde se le descubre a trechos y donde la brisa mezcla el olor de la sal de las hojas húmedas con el de la leche. Nada le pediría a todas esas cosas natales. Son generosas para el niño que han visto nacer, le volverían a enseñar por sí mismas las cosas olvidadas. Todo y su perfume primero, me anunciaría el mar, pero no lo habría visto todavía. Lo oiría apenas. Seguiría un sendero de albares, antaño muy conocido, con enternecimiento, con la ansiedad también por un brusco desgarrón del seto, de advertir de golpe la invisible amiga presente, la loca que se queja siempre, la melancólica reina vieja, el mar. Lo vería de pronto; sería en uno de esos días de somnolencia bajo el cielo reluciente que refleja el cielo azul que es él, sólo que más pálido. Unas velas blancas como mariposas estarían posadas sobre el agua inmóvil, sin que quisieran ya moverse, como pasmadas de calor. O, al contrario, el mar estaría agitado, amarillo bajo el sol como un amplio campo de lodo, con unos desniveles que parecerían fijos de lejos, coronados por una nieve deslumbrante.