Los placeres y los dias
Los placeres y los dias En el puerto estrecho y largo como una calzada de agua entre sus diques poco elevados en que brillan las luces de la tarde, los transeúntes se detenían para mirar, como a nobles extranjeros llegados el día anterior y dispuestos a volver a partir, los navíos que estaban reunidos. Indiferentes a la curiosidad que excitaban en una muchedumbre cuya pequeñez parecían desdeñar o sólo no hablar el mismo idioma, conservaban en la hostería húmeda en que se habían detenido por una noche, su impulso silencioso a inmóvil. La solidez de las ataduras no hablaba menos de los largos viajes que les quedaba por hacer que las averías de las fatigas que ya habían soportado en esos caminos resbaladizos, antiguos como el mundo y nuevos como el tránsito que los socava y al que no sobreviven. Frágiles y resistentes; estaban orientados con una triste altivez hacia el océano que dominan y en donde están como perdidos. La complicación maravillosa y sabia de los cordajes se reflejaba en el agua como una inteligencia precisa y previsora se sumerge en el destino incierto que ha de quebrarlo tarde o temprano. Tan recientemente retirados de la vida terrible y hermosa —en la que van a volver a hundirse mañana, sus velas estaban blandas aun por el viento que las había henchido, su bauprés se inclinaba oblicuamente sobre el agua, como ayer aún, su andar y la curvatura del casco de la proa a la popa parecían conservar la gratis misteriosa y flexible de su surco.