Los placeres y los dias
Los placeres y los dias —Aun cuando no lo quisieras —le dijo—, hay entre tu cuello y mi boca, entre tus orejas y mis bigotes, entre tus manos y mis manos, pequeñas amistades particulares. Estoy convencido de que no concluirían, si dejáramos de amarnos, en la misma forma que, desde que estoy disgustado con mi prima Paula, no puedo impedirle a mi lacayo que vaya todas las noches a hablarle a su mucama. Por sí misma y sin mi consentimiento es que mi boca se dirige a tu cuello.
Estaban ahora a un paso uno del otro. De pronto sus miradas se descubrieron y cada uno trató de fijar en los ojos del otro el pensamiento de que se amaban; se quedó ella así, por un segundo de pie y cayó luego sobre una silla, ahogándose como si hubiera corrido. Y se dijeron casi al mismo tiempo, con una exaltación seria, pronunciando fuertemente con los labios, como para besar: ¡Amor mío!
Ella repitió con un tono fastidioso y triste, sacudiendo la cabeza: —Sí, amor mío.
Ella sabía que él no podía resistir ese pequeño movimiento de la cabeza; se arrojó sobre ella, besándola y le dijo lentamente: “¡Mala!” y con tanta ternura que los ojos de ella se humedecieron.
Dieron las siete y media. El partió.