Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Baldassare descansaba, con los ojos cerrados, y su corazón percibía las campanas que su oído paralizado por la muerte cercana ya no oía. Volvió a ver a su madre, besándolo al regreso, luego cuando lo acostaba por la noche y calentaba sus pies entre sus manos, y se quedaba a su lado, si no podía dormirse; recordó su “Robinson Crusoe” y las tardes en el jardín cuando cantaba su hermana, las palabras de su preceptor que presagiaba que un día sería un gran músico y la emoción de su madre, entonces, que en vano trataba de ocultar. Ahora ya no había tiempo de realizar la apasionada espera de su madre y su hermana que engañara tan cruelmente. Volvió a ver el enorme tilo bajo el cual se había comprometido y el día de la
ruptura de su noviazgo en que sólo su madre supo consolarlo. Creyó besar a su vieja sirvienta y tener su primer violín. Volvió a verlo todo, en una lejanía luminosa, dulce y triste como la que miraban sin ver las ventanas del lado de los campos.
Volvió a ver todo ello y sin embargo no habían transcurrido dos segundos desde que el doctor, oyendo su corazón había dicho
—¡Es el fin!
Se irguió, diciendo
—¡Se acabó!