Los placeres y los dias

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La vizcondesa de Styria era generosa y tierna y muy penetrada de una gracia encantadora. El espíritu de su marido era extremadamente vivo y de una regularidad admirable los rasgos de su cara. Pero cualquier granadero era más sensible y menos vulgar. Educaron lejos del mundo, en el rústico dominio de Styria, a su hija Violante, que, hermosa y viva como su padre, caritativa y misteriosamente seductora como su madre, parecía unir las cualidades de sus padres en una proporción perfectamente armoniosa. Pero las tornadizas aspiraciones de su corazón y su pensamiento no encontraban en ella una voluntad que, sin limitarlas, las dirigiese a impidiese que se convirtieran en su juguete encantador y frágil. Esa falta de voluntad inspiraba a la madre de Violante unas inquietudes que hubiesen podido ser fecundas con el tiempo, si la vizcondesa no hubiera perecido violentamente con su marido en un accidente de caza, dejando huérfana a Violante a la edad de quince años. Viviendo casi sola, bajo la custodia vigilante pero torpe del viejo Agustín, su preceptor e intendente del castillo de Styria, Violante a falta de amigos, hizo de sus sueños unos encantadores compañeros a quienes prometía permanecer fiel toda su vida. Los paseaba entonces por los senderos del parque, por el campo, los acodaba en la terraza que, limitando el dominio de Styria, mira el mar. Educada por ellos, como encima de sí misma, iniciada por ellos, Violante sentía todo lo visible y presentía algo de lo invisible. Su alegría era infinita, interrumpida de tristezas que sobrepasaban aún a la alegría en dulzura.


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