Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Vuestra vida, tal como la queríais sería una obra de esas que necesitan una alta inspiración. Podemos recibirla del amor, como de la fe y el genio. Pero la muerte era la que debía dárosla. También en ella y en sus proximidades residen fuerzas ocultas, ayudas secretas, una «gracia» que no está en la vida. Como los amantes cuando empiezan a amar, como los poetas en los tiempos en que cantan, los enfermos se sienten más cerca de su alma. La vida es cosa dura que oprime demasiado y permanentemente nos hace doler el alma. Al sentir relajarse sus ataduras por un momento, pueden experimentarse dulzuras clarividentes. Cuando era muy niño, ningún destino de personaje de historia sagrada me parecía tan miserable como el de Noé, debido al diluvio que lo tuvo encerrado en el Arca, durante cuarenta días. Más tarde enfermé a menudo y largos días también tuve que estar en el «arca». Entonces comprendí que Noé nunca pudo ver mejor al mundo que desde el arca, a pesar de que estaba cerrada y que había oscuridad sobre la tierra. Cuando empezó mi convalecencia, mi madre, que no me había dejado y aun por la noche quedaba junto a mí, «abrió la puerta del arca» y salió. Sin embargo, como la paloma, «volvió una vez más esa noche». Luego me curé del todo y como la paloma, «ya no volví.» Hubo que empezar nuevamente a vivir, a apartarse de sí, a oír palabras más duras que las de mi madre; más aún, las suyas, tan permanentemente dulces hasta entonces, ya no eran las mismas, sino que estaban impregnadas por la severidad de la vida y el deber que debía enseñarme. Dulce paloma del diluvio, al veros partir ¿cómo no pensar que el patriarca no haya sentido alguna tristeza junto a la alegría del mundo que renacía? Dulzura de la suspensión de vivir, de la verdadera «Tregua de Dios» que interrumpió los trabajos, los malos deseos. «Gracia» de la enfermedad que nos acerca a las realidades de más allá de la muerte —y esas gracias también, gracias de esos «vanos adornos y esos velos que pesan», de los cabellos que una mano inoportuna «toma el cuidado de reunir», suaves fidelidades de una madre y de un amigo que se nos han aparecido tan a menudo como el mismo rostro de nuestra tristeza o como el gesto de la protección implorada por nuestra debilidad y que se detendrán en el umbral de la convalecencia - he sufrido a menudo de saberos lejos de mí, a todas vosotras, descendencia en exilio de la paloma del arca. ¿Y quién no ha conocido esos momentos, querido Willie, y querría estar donde estáis? Tantos compromisos contrae uno con la villa que llega una hora en que, ante el desaliento de no poder cumplirlos todos, se vuelve uno hacia las tumbas, llama a la muerte, «la muerte que acude en ayuda de los destinos que se cumplen difícilmente». Pero si nos desliga de los compromisos que hemos contraído con la villa, no puede hacerlo con los que hemos contraído con nosotros mismos y con el primero, sobre todo, que consiste en vivir para valer y merecer.
