Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Fortunata puede desparramar a su antojo la malevolencia. ¿Quién sería lo bastante descabellado para buscar la fuente hasta debajo de los repliegues de su corpiño, cuya vaga amplitud puede servir para disimularlo todo? Girolamo puede practicar sin terror la adulación a la que su habitual franqueza comunica un imprevisto más encantador. Puede llevar su rudeza con un amigo hasta la ferocidad, ya que queda establecido que lo trata brutalmente en su interés. Césare quiere tener noticias de mi salud y es para hacerle un informe al dux. No me las pidió: ¡cómo sabe ocultar su juego! Guido me aborda, y alaba mi buen aspecto. “Nadie, más ingenioso que él, pero es verdaderamente demasiado malvado”, exclaman a coro las personas presentes. Esta divergencia entre el carácter verdadero de Castruccio, de Guido, de Cardenio, de Ercole, de Pippo, de Césare y de Fortunata y el tipo que encarnan irrevocablemente a los ojos sagaces de la sociedad, no tiene peligro para ellos, ya que la sociedad no quiere ver esa divergencia. Pero no es sin término. Hagas lo que hagas Girolamo, es un gruñón bienhechor. Digas lo que digas Fortunata, es buena. La persistencia absurda, aplastante, inmutable, del tipo del que pueden apartarse incesantemente sin turbar la fijeza serena, se impone a la largo con una fuerza atractiva creciente a esas personas de endeble originalidad y de conducta poco coherente que acaba por fascinar ese punto de mira idéntico en medio de sus universales variaciones. Girolamo, al decirle “sus verdades” a un amigo, le agradece el servirle así de comparsa y permitirle desempeñar de ese modo, “retándolo en bien suyo”, un papel honorable, casi brillante y ahora muy próximo a ser sincero. Agrega a la violencia de sus diatribas, una compasión indulgente muy natural hacia un subalterno que subraya su gloria; experimenta por él una verdadera gratitud, y finalmente esa cordialidad que el mundo le ha prestado tanto tiempo que acaba por guardarla. Fortunata, a la que su creciente gordura, sin marchitar su espíritu ni alterar su belleza, desinteresa sin embargo algo más que los otros, al ampliar la esfera de su propia personalidad, siente dulcificársele la acritud que únicamente le impedía desempeñar dignamente las funciones venerables y encantadoras que le había delegado el mundo. El espíritu de las palabras “benevolencia”, “bondad”, “franqueza”, pronunciadas sin cesar delante de ella, y detrás de ella, ha empapado lentamente sus palabras, habitualmente elogiosas ahora y a las cuales su amplio vuelo confiere algo así como una autoridad más halagadora. Tiene la sensación vaga y profunda de ejercer una magistratura considerable y pacífica. A veces parece rebasar su propia personalidad y se nos aparece entonces como la asamblea plenaria, tormentosa y sin embargo blanda, de los jueces benevolentes que preside y cuyo asentimiento la agita a lo lejos… Y cuando, en las veladas donde se conversa, cada cual —sin preocuparse de las contradicciones de la conducta de esos personajes, sin advertir la lenta adaptación al tipo impuesto— clasifica ordenadamente sus acciones en el cajón, exactamente en su lugar y cuidadosamente definido de su carácter ideal, cada cual experimenta con una satisfacción conmovida que indudablemente se está elevando el nivel de la conversación. Verdad que se interrumpe pronto ese trabajo, para no provocarle sueño a unas cabezas poco acostumbradas a la abstracción (uno es hombre de mundo). Entonces, tras haber castigado el “snobismo” de uno, la malevolencia de otro, el libertinaje o la crueldad de un tercero, se separan y cada cual, convencido de haber pagado ampliamente tributo a la benevolencia, el pudor y la caridad, va a entregarse sin remordimientos, en la paz de una conciencia que acaba de hacer pruebas, a los vicios elegantes que oculta.