El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Había cumplido veintitrés años cuando conoció a João Eduardo, el día de la procesión de Corpus Christi, en casa del notario Nunes Ferral, de quien era escribiente. Amélia, su madre, doña Josefa Dias habían ido a ver la procesión desde el hermoso balcón del notario, revestido con colgaduras de damasco amarillo. João Eduardo estaba allí, modesto, serio, completamente vestido de negro. Hacía mucho tiempo que Amélia lo conocía; pero aquella tarde, reparando en la blancura de su piel y en la gravedad con que se arrodillaba, le pareció «muy buen muchacho».
De noche, después del té, el gordinflón Nunes, de chaleco blanco, fue por la sala exclamando, entusiasmado, con su voz de grillo: «¡A emparejarse, a emparejarse!», mientras su hija mayor tocaba al piano con brío estridente una mazurca francesa.
João Eduardo se acercó a Amélia.
—¡Ay, yo no bailo! —dijo ella con sequedad.
João Eduardo tampoco bailó, fue a apoyarse sobre una pared en penumbra, con la mano en la abertura del chaleco, los ojos fijos en Amélia. Ella se daba cuenta, desviaba el rostro, pero estaba contenta; y cuando João Eduardo, viendo una silla vacía, fue a sentarse a su lado, Amélia enseguida le hizo sitio recogiendo sus volantes de seda, complacida. El escribiente, turbado, retorcía su bigote con mano trémula. Finalmente Amélia, volviéndose hacia él: