El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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VIII

El padre Amaro había regresado a casa aterrorizado.

—¿Y ahora? ¿Y ahora? —decía, apoyado en el quicio de la ventana, con el corazón encogido.

¡Tenía que salir inmediatamente de casa de la Sanjoaneira! No podía continuar allí, con la misma familiaridad, después de haber tenido «aquel atrevimiento con la pequeña».

Ciertamente, ella no había parecido muy indignada, apenas aturdida; se había contenido, tal vez, por el respeto eclesiástico, por la delicadeza para con el huésped, por la atención hacia el amigo del canónigo. Pero podía contárselo a la madre, al escribiente… ¡Qué escándalo! Y veía ya al señor chantre, cruzando las piernas y mirándolo fijamente —su actitud de reprensión—, diciéndole con solemnidad: «Son esos desórdenes los que deshonran el sacerdocio. ¡No se comportaría de otro modo un sátiro en el monte Olimpo!». ¡Podrían desterrarlo otra vez a alguna parroquia de la sierra!… ¿Qué diría la señora condesa de Ribamar?

Y después, si insistiese en verla en la intimidad, en tener constantemente presentes aquellos ojos negros, la sonrisa cálida que le hacía un hoyuelito en el mentón, la curva de aquel pecho…, su pasión, creciendo sordamente, continuamente excitada, reprimida en su interior, iba a volverlo loco, ¡podía hacer alguna burrada!


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