El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El padre Amaro habÃa regresado a casa aterrorizado.
—¿Y ahora? ¿Y ahora? —decÃa, apoyado en el quicio de la ventana, con el corazón encogido.
¡TenÃa que salir inmediatamente de casa de la Sanjoaneira! No podÃa continuar allÃ, con la misma familiaridad, después de haber tenido «aquel atrevimiento con la pequeña».
Ciertamente, ella no habÃa parecido muy indignada, apenas aturdida; se habÃa contenido, tal vez, por el respeto eclesiástico, por la delicadeza para con el huésped, por la atención hacia el amigo del canónigo. Pero podÃa contárselo a la madre, al escribiente… ¡Qué escándalo! Y veÃa ya al señor chantre, cruzando las piernas y mirándolo fijamente —su actitud de reprensión—, diciéndole con solemnidad: «Son esos desórdenes los que deshonran el sacerdocio. ¡No se comportarÃa de otro modo un sátiro en el monte Olimpo!». ¡PodrÃan desterrarlo otra vez a alguna parroquia de la sierra!… ¿Qué dirÃa la señora condesa de Ribamar?
Y después, si insistiese en verla en la intimidad, en tener constantemente presentes aquellos ojos negros, la sonrisa cálida que le hacÃa un hoyuelito en el mentón, la curva de aquel pecho…, su pasión, creciendo sordamente, continuamente excitada, reprimida en su interior, iba a volverlo loco, ¡podÃa hacer alguna burrada!
