El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Cuando, después de farfullar el Evangelio, Amaro hizo una cruz sobre el misal, se persignó y se volvió hacia la iglesia diciendo Dominus vobiscum, la mujer de Carlos el de la botica, le dijo en voz baja a Amélia que «el señor párroco estaba tan pálido que debía de dolerle algo». Amélia no respondió, inclinada sobre su libro, con la sangre concentrada en las mejillas. Y durante la misa, sentada sobre los talones, absorta, la cara bañada en un éxtasis arrobado, gozó de su presencia, de sus manos delgadas alzando la hostia, de su cabeza bien hecha inclinándose en la adoración ritual; un dulzor le recorría la piel cuando su voz, apresurada, elevaba el tono al decir algún latín; y cuando Amaro, con la mano izquierda en el pecho y la derecha extendida, dirigió a la iglesia el Benedicat vos, ella, con los ojos muy abiertos, dirigió toda su alma hacia el altar, como si él fuese el propio Dios ante cuya bendición se curvaban las cabezas a lo largo de la catedral, hasta el fondo, donde los paisanos con sus cayados pasmaban contemplando los dorados del sagrario.
Al salir de misa había empezado a llover, y Amélia y su madre, con otras señoras, esperaban en la puerta a que escampase.
—¡Hola! ¡¿Ustedes por aquí?! —dijo de pronto Amaro, acercándose, muy blanco.