El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Ay! ¡Es un escándalo, señor párroco!
Natário, con la manos enterradas en las faltriqueras, contemplaba al párroco con una sonrisita sarcástica, y rezongaba entre dientes:
—¡No lo ha leído! ¡No lo ha leído! Entonces, ¿qué ha hecho?
Amaro, ya aterrorizado, reparaba en la palidez de Amélia, en sus ojos muy enrojecidos. Y por fin el canónigo, levantándose pesadamente:
—Amigo párroco, nos mandan una andanada…
—¿Y eso? —exclamó Amaro.
—¡Tentetieso!
Acordaron que el señor canónigo, que había llevado el periódico, debía leerlo en voz alta.
—Lea, Dias, lea —intervino Natário—. Lea, ¡para que saboreemos!
La Sanjoaneira dio más luz al candil: el canónigo Dias se acomodó a la mesa, desdobló el periódico, se puso los lentes cuidadosamente y, con el pañuelo del rapé sobre las rodillas comenzó con su voz parsimoniosa la lectura del «Comunicado».