El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Menos lengua, hermana, menos lengua! —le dijo el canónigo cerrando sus anteojos—. ¡No vaya a ser que se le caigan los dientes postizos!
—¡Maleducado!
Iba a decir algo más, pero se sofocó; y comenzó a soltar ayes.
Tuvieron miedo de que le diese el flato: la Sanjoaneira y doña Joaquina Gansoso la llevaron a la habitación, abajo, consolándola con palabras suaves:
—¡Estás loca! ¡Pero hija! ¡Mira qué escándalo! ¡Nuestra Señora te ampare!
Amélia mandaba a buscar agua de azahar.
—Déjela —rezongó el canónigo—. ¡Déjela! Eso se le pasa. ¡Son ardores!
Amélia cruzó una mirada triste con el padre Amaro y bajó a la habitación con doña Maria da Assunção y la Gansoso sorda, que iba también «a sosegar a doña Josefa, ¡pobrecita!». Los curas estaban ahora solos; y el canónigo, volviéndose hacia Amaro:
—Escuche ahora usted, que es su turno —dijo, retomando el periódico.
—¡Verá que ración! —dijo Natário.
El canónigo carraspeó, acercó más el candil y declamó: