El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Doña Josefa quiso ver a la niña con sarampión. Pero no pasó de la puerta de la habitación, aconsejando a la pequeña, que abría mucho sus ojos febriles, medio ahogada por la ropa de cama, «que no se olvidase de sus oracioncitas de la mañana y de la noche». Recomendó a Amparo algunos remedios que eran milagrosos para el sarampión; pero si la promesa había sido hecha con fe, la niña podía considerarse curada… ¡Ay, todos los días le daba gracias a Dios por no haberse casado! Que los hijos sólo daban trabajo y fatigas; y con las molestias que traían y el tiempo que ocupaban, hasta eran motivo para que una mujer descuidase sus prácticas y metiese el alma en el infierno.
—Tiene razón, doña Josefa —dijo Amparo—, es un buen castigo… ¡Y yo con cinco! A veces me ponen tan loca que me siento aquí, en esta sillita, y me pongo a llorar yo sola…