El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entonces, desesperado, corrió a casa del doctor Godinho. Ya la víspera, entre sollozos, sintiéndose tan abandonado, se había acordado del doctor Godinho. Otrora había sido su escribiente; y como a petición de él había entrado en la notaría de Nunes Ferral y por su influencia iba a ser acomodado en el Gobierno Civil, ¡lo juzgaba una providencia pródiga e inagotable! Además, desde que había escrito el «Comunicado» se consideraba de la redacción de la Voz do Distrito, del Grupo da Maia; ahora que era atacado por los curas, estaba claro que debía acudir a acogerse bajo la fuerte protección de su jefe, del doctor Godinho, del enemigo de la reacción, ¡«el Cavour de Leiría»!, como decía, abriendo mucho los ojos, el bachiller Azevedo, el autor de los «Aguijones». Y João Eduardo se dirigió al caserón amarillo junto al Terreiro, donde vivía el doctor, alegre y esperanzado, contento por hallar refugio, como un perro rechazado, entre las piernas de aquel coloso.
El doctor Godinho había bajado ya a su despacho y, repantigado en su poltrona abacial de flecos amarillos, con la mirada en el techo de roble negro, acababa con beatitud el puro del desayuno. Recibió con majestad los buenos días de João Eduardo.
—¿Cómo andamos, amigo?