El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Lo acometían entonces deseos furiosos de derribar al párroco a puñetazos, con la fuerza del padre Brito. Pero lo que le daría más satisfacción serían unos tremendos artículos en un periódico que revelasen las maniobras de la Rua da Misericórdia, que amotinasen a la opinión, que cayesen sobre el cura como catástrofes, ¡que lo forzasen a él, al canónigo y a los demás a desaparecer con el rabo entre las piernas de la casa de la Sanjoaneira! ¡Ah! Estaba seguro de que Améliazinha, libre de aquellos mangantes, correría de inmediato hacia sus brazos, con lágrimas de reconciliación…

Buscaba de este modo convencerse como fuese de que «la culpa no era de ella»; recordaba los meses de felicidad antes de la llegada del párroco; inventaba explicaciones naturales para aquellos mimitos tiernos que ella dedicaba al padre Amaro y que le habían provocado celos desesperados: era por el deseo, pobrecilla, de serle agradable al huésped, al amigo del señor canónigo, ¡el deseo de retenerlo para provecho de su madre y de su casa! Y además, ¡qué contenta andaba después de que se hubiera acordado la boda! Su indignación contra el «Comunicado», estaba seguro, no era natural en ella, le había sido inducida por el párroco y por las beatas.



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