El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro João Eduardo escuchaba con respeto, con asombro, estas frases, a las que el rostro plácido, la bella barba gris del doctor daban una autoridad superior. Le parecía ahora casi imposible recuperar a Amélia, si ella pertenecía de aquel modo, tan absolutamente, en alma y cuerpo, al cura que la confesaba. Pero, en fin, ¿por qué se le consideraba a él un marido dañino?
—Yo lo entendería —dijo— si fuese un hombre de malas costumbres, señor doctor. Pero yo me porto bien. No hago otra cosa que trabajar. No frecuento tabernas ni juergas. No bebo, no juego. Paso mis noches en la Rua da Misericórdia, o en casa haciendo trabajo de la notaría…