El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amélia pasó la misa embebida, arrobada con el párroco, que era, como decía el canónigo, «un gran artista para las misas cantadas»; todo el cabildo, todas las señoras lo reconocían. ¡Qué dignidad, qué caballerosidad en las salutaciones ceremoniosas a los diáconos! ¡Qué bien se postraba ante el altar, aniquilado y esclavizado, sintiéndose ceniza, sintiéndose polvo delante de Dios, que asiste de cerca, rodeado por su corte y su familia celestial! Pero, sobre todo, era admirable en las bendiciones; pasaba despacio las manos sobre el altar como para guardar, recoger la gracia que allí caía del Cristo presente, y la esparcía después con generoso ademán de caridad por toda la nave, por encima de la extensión de cabezas cubiertas con pañoletas blancas, hasta el fondo, donde los campesinos, muy apretujados, con el cayado en la mano, pasmaban ante el esplendor del sagrario. Era entonces cuando Amélia lo amaba más, pensando que ella apretaba con pasión aquellas manos bendecidoras por debajo de la mesa de la lotería: aquella voz, con la que él le llamaba «querida», recitaba ahora las oraciones deliciosas y le parecía mejor que el gemir de los rabeles y la estremecía más que los graves del órgano. Imaginaba con orgullo que las demás mujeres también lo admiraban; sólo tenía celos, unos celos de devota que percibe los encantos del cielo, cuando él se paraba ante el altar, en la actitud extática que ordena el ritual, tan inmóvil como si su alma se hubiese remontado lejos, hacia las alturas, hacia lo eterno y lo insensible. Lo prefería, por sentirlo más humano y accesible, cuando, durante el Kirie o la lectura de la Epístola, se sentaba junto a los diáconos, en el banco de damasco rojo, y pugnaba por atraer una mirada suya; pero el señor párroco permanecía entonces cabizbajo, guardando modesta compostura.


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