El crimen del padre Amaro

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—Sea todo por el amor de Dios, hijo —murmuró ella.

—Bien. Y ahora, Dionísia, ¿a usted qué le parece? —preguntó él recostado en la silla, esperando los consejos de la comadre.

Ella dijo, con mucha naturalidad, sin afectación de misterio o de malicia:

—¡A mi me parece que para ver a la pequeña no hay como la casa del campanero!

—¿La casa del campanero?

Ella le recordó, con mucha serenidad, la excelente ubicación del sitio. Una de las estancias vecinas a la sacristía, como él sabía, daba a un patio donde se había construido un barracón en tiempos de las obras. Pues bien, justo al otro lado estaba el patio trasero de la casa del campanero… La puerta de la cocina del tío Esguelhas se abría al patio; no había más que salir de la sacristía, cruzarlo ¡y el señor párroco estaba en el nido!

—¿Y ella?

—Ella entra por la puerta del campanero, por la puerta de la calle que da al atrio. No pasa un alma, es un yermo. Y si alguien la viese, nada más natural, era la señorita Amélia que iba a darle un recado al campanero… Esto, claro, así por encima, que el plan puede perfeccionarse.


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