El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Pero qué historias, santita! Pídale a Dios sentido común. ¡Más juicio en la mollera!

Lo irritaban sobre todo las exageraciones en los ayunos:

—¡Coma y beba! —solía gritar—, ¡coma y beba, criatura!

Era miguelista y los partidos liberales, sus opiniones, sus periódicos, le producían una ira irracional.

—¡Mano dura, mano dura! —exclamaba, agitando su enorme quitasol rojo.

En los últimos años había adquirido hábitos sedentarios y vivía aislado con una criada vieja y un perro, Joli. Su único amigo era el chantre Valadares, que gobernaba entonces el obispado, pues el señor obispo, don Joaquín, penaba desde hacía dos años su reumatismo en una quinta del Alto Miño. El párroco sentía un gran respeto por el chantre, hombre enjuto, de gran nariz, muy corto de vista, admirador de Ovidio, que hablaba siempre poniendo la boca pequeñita y con alusiones mitológicas.

El chantre lo estimaba. Le llamaba «fray Hércules».

—«Hércules» por la fuerza —explicaba sonriente—, «fray» por la gula.


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