El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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XVIII

Una circunstancia inesperada vino a estropear aquellas mañanas de la casa del campanero. Fue la extravagancia de la Totó. Como dijo el padre Amaro, «¡la muchachita les salía un monstruo!».

Mostraba ahora una aversión violenta hacia Amélia. Apenas ella se acercaba a la cama, metía la cabeza debajo de las mantas, contrayéndose con rabia si notaba su mano o su voz. Amélia huía, impresionada por la idea de que el diablo que habitaba en la Tocó, al percibir el olor de iglesia que ella traía en las ropas, impregnadas de incienso y salpicadas de agua bendita, se revolcaba de terror dentro del cuerpo de la chiquilla.

Amaro quiso reprender a la Totó, hacerle notar, con palabras tremendas, su ingratitud demoníaca hacia la señorita Amélia, que venía a entretenerla, a enseñarle a hablar con Nuestro Señor… Pero la paralítica rompió en un llanto histérico; después, de repente, se quedó inmóvil, rígida, con los ojos muy abiertos y en blanco, con una espuma blanca en la boca. Pasaron un gran susto; le inundaron la cama de agua; Amaro, por si acaso, recitó los exorcismos… Y Amélia, desde aquel momento, decidió «dejar en paz a la fiera». No volvió a intentar enseñarle el alfabeto u oraciones a santa Ana.


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