El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Corría a la sacristía para refugiarse en Amaro, para cobijarse bajo la autoridad sagrada de su sotana. Entonces él, al verla llegar tan pálida y trastornada, bromeaba para tranquilizarla. No, era una tontería, ¡cómo iban a privarse del regalito de aquellas mañanas, sólo porque había una loca en la casa! Además, le había prometido buscar otro sitio para verse; e incluso, con el fin de distraerla, aprovechando la soledad de la sacristía, le enseñaba algunas veces los paramentos sacerdotales, los cálices, las vestimentas, tratando de interesarla por un frontal nuevo o por una sobrepelliz antigua de encaje, demostrándole, por la familiaridad con que tocaba las reliquias, que todavía era el señor párroco y que no había perdido su crédito en el cielo.
Así fue como una mañana quiso que viese una capa de la Virgen, que había llegado unos días antes regalada por una devota rica de Ourém. Amélia la admiró mucho. Era de raso azul, representaba un firmamento con estrellas bordadas y en el centro, ricamente trabajado, llameaba un corazón de oro rodeado por rosas de oro. Amaro la había desdoblado, haciendo que brillasen junto a la ventana los frondosos bordados.