El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Con el empleo en el Gobierno Civil podrían tener una casita y una criada… ¿Por qué no iba a ser feliz? Él no era chico de cafetines ni de callejeos. Estaba segura de que lo dominaría, le impondría sus gustos y sus devociones. Y sería agradable ir a misa las mañanas de los domingos, bien arreglada, con el marido al lado, saludada por todos, ¡pudiendo pasear a la vista de toda la ciudad a su hijo, muy vistoso, con su gorrito de encaje y su gran colcha de flecos! ¡Quién sabe si entonces, por el cariño que daría al pequeñuelo y por las atenciones de que rodearía a su marido, el cielo y Nuestra Señora no se ablandarían! ¡Ah! ¡Haría cualquier cosa para tener otra vez aquella amiga en el cielo, su querida Virgen, amable y confidente, siempre dispuesta a aliviarle los dolores, a librarla de infortunios, ocupada en prepararle un luminoso rinconcito en el paraíso!

Pensaba en estas cosas horas enteras, mientras cosía; pensaba en estas cosas incluso cuando caminaba hacia la casa del campanero; y después de haber estado un momento con la Totó, muy quieta ahora, extenuada por la fiebre, cuando subía a la habitación la primera pregunta a Amaro era:

—Entonces, ¿hay alguna novedad?

Él arrugaba la frente, musitaba:

—La Dionísia está buscando… ¿Por qué, tienes mucha prisa?


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