El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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XXI

El canónigo Dias había encarecido mucho a Amaro que, al menos durante las primeras semanas, para evitar las sospechas de su hermana y de la criada, no fuese a A Ricoça. Y la vida de Amaro se volvió entonces más triste, más vacía que cuando había dejado por vez primera la casa de la Sanjoaneira para irse a la Rua das Sousas. Todos sus conocidos estaban fuera de Leiría: doña Maria da Assunção en A Vieira; las Gansosinhos cerca de Alcobaça con su tía, la famosa tía que desde hacía diez años estaba a punto de morir y de dejarles una gran herencia. Después del servicio de la catedral, las horas, durante todo el día, se arrastraban pesadas como el plomo. No estaría más alejado de toda comunicación humana si, como san Antonio, viviese en los arenales del desierto libio. Sólo el coadjutor que, cosa singular, nunca aparecía en los tiempos felices, había vuelto ahora, como el compañero fatídico de las horas tristes, a visitarlo una o dos veces a la semana, después de las comidas, más delgado, más chupado, más triste, con su eterno paraguas en la mano. Amaro lo aborrecía; a veces, para despedirlo, fingía estar muy ocupado con una lectura, o corría hacia la mesa tan pronto como oía sus pisadas lentas en los peldaños.

—Amigo coadjutor, discúlpeme, estoy aquí esbozando una cosa.

Pero el hombre se instalaba, con el odioso paraguas entre las rodillas.


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