El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y se había quedado allí, entre gente pobre, en una aldea de pocas tierras, viviendo con dos trozos de pan y una taza de leche, con una sotana limpia convertida en un mapa de remiendos, adentrándose media legua en medio de un temporal si un parroquiano tenía dolor de muelas, pasándose una hora consolando a una vieja a la que se le había muerto una cabra… Y siempre de buen humor, siempre con un cruzado dispuesto en el fondo del bolsillo para acudir a la necesidad de un vecino, gran amigo de todos los niños, para quienes construía barquitos de corcho, y parándose sin dudarlo cuando se encontraba con una jovencita guapa, cosa rara en la parroquia, para exclamar: «Guapa moza, ¡Dios te bendiga!».
Y además, en su juventud, la pureza de sus costumbres era tan célebre que le llamaban «la doncella».