El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El padre Amaro había acabado de comer y fumaba mirando al techo para no ver la carita chupada del coadjutor, que llevaba allí media hora, inmóvil y espectral, haciendo cada diez minutos una pregunta que caía en el silencio de la sala como los cuartos melancólicos que da en la noche un reloj de catedral.
—¿Ya no es usted suscriptor de A Nação?
—No, señor, leo el Popular.
El coadjutor volvió a su silencio, mientras escogía laboriosamente las palabras para una nueva pregunta. La soltó, por fin, con lentitud:
—¿No se ha vuelto a saber de aquel infame que escribió el «Comunicado»?
—No, señor, se fue al Brasil.
En ese momento entró la criada diciendo «que estaba allí una persona que quería hablar con el señor párroco». Era su manera de anunciar la presencia de la Dionísia en la cocina.
Hacía semanas que no la veía y Amaro, curioso, salió de la sala, cerrando la puerta tras él, y llamó a la comadre al rellano.
—¡Gran novedad, señor párroco! He venido corriendo, que la cosa es seria. ¡Está aquí João Eduardo!
—¡Ahora ésa! —exclamó el párroco—. ¡Y yo precisamente hablando de él! Es extraordinario. Mira tú qué coincidencia…
