El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El abad Ferrão le habÃa cogido cariño a João Eduardo; y conocedor por Amélia de la famosa leyenda del «Comunicado» habÃa intentado, según una querida expresión suya, «hojear al hombre aquà y allû. HabÃa pasado tardes enteras conversando con él en el paseo de laureles de la finca, en la rectoral a la que João Eduardo iba a abastecerse de libros; y en aquel «exterminador de curas», como lo llamaba el señorito, habÃa encontrado un pobre muchacho sensible, con una religión sentimental, ambiciones de paz doméstica y muy amante del trabajo. Entonces tuvo una idea que, sobre todo por habérsele ocurrido un dÃa que salÃa de sus oraciones al SantÃsimo, le pareció venida desde lo alto, desde la voluntad de Dios: casarlo con Amélia. No serÃa difÃcil conseguir que aquel corazón débil y cariñoso perdonase su error, y la pobre chiquilla, después de tantas crisis, una vez extinta aquella pasión que le habÃa entrado en el alma como un soplo del demonio, empujando hacia el abismo su voluntad, su paz y su pudor, encontrarÃa en la compañÃa de João Eduardo toda una vida calma y satisfecha, un acogedor rincón interior, un refugio dulce y purificador del pasado. No habló ni con uno ni con otro de esta idea que lo enternecÃa. No era el momento, ahora que ella llevaba en las entrañas el hijo del otro. Pero iba preparando con cariño aquel final, sobre todo cuando estaba con Amélia y le contaba sus charlas con João Eduardo, alguna cosa muy juiciosa dicha por él, los buenos oficios de preceptor que estaba desplegando en la educación de los hijos del señorito.