El Mandarín
El Mandarín
De madrugada dos padres lazaristas, que se dirigían a Tien-Ho, me habían encontrado desmayado en el camino. Y, como dijo el alegre padre Loriot, «justo a tiempo., porque alrededor de mi cuerpo inmóvil un negro círculo de esos gordos y lúgubres cuervos tártaros me miraban ya con gula... Me llevaron sin demora al convento en unas parihuelas, y la comunidad se regocijó de veras cuando supieron que yo era latino, un cristiano, un súbdito de los piadosísimos reyes. El convento forma allí el centro de un pequeño burgo católico, apiñado en torno a la maciza resistencia como un caserío de siervos en la base de un castillo feudal. Existe desde la época en que los primeros misioneros recorrieron Manchuria. Porque estábamos en los confines de China. Más allá está Mongolia, la Tierra de las Altas Hierbas, una inmensa llanura verde oscuro, tierras inundables sin fin, pintadas aquí y allá por la vivacidad de las flores silvestres...
Allí se extendía la vasta llanura de los nómadas. Desde mi ventana veía los círculos negros de tiendas cubiertas de fieltro o de pieles de carnero y, a veces, presenciaba la partida de una tribu, que en largas filas de caravanas, llevaba sus rebaños hacia el Oeste...
