El Mandarín
El Mandarín
Entonces, convencido de que jamás podría apaciguar a Ti Chin-Fu, pasé toda aquella noche en mi cuarto de Loreto, donde, como en otro tiempo, las muchas velas de los candelabros proyectaban en los damascos tonos de sangre fresca, pensando en renunciar, como a un adorno pecaminoso, en aquellos millones sobrenaturales. ¡Así me libraría tal vez de aquella panza y de aquella cometa abominable!
Abandoné el palacete de Loreto y mi vida de ricachón. Fui con una levita raída a alquilar de nuevo mi habitación a casa de la señora Marques, y volví a la oficina, con la espalda doblada, ¡a implorar mis veinte mil reis mensuales y mi dulce pluma de escribiente!...
Pero un sufrimiento aún mayor vino a amargar mis días. Al creerme arruinado, todos aquellos a quienes mi opulencia humilló me cubrían ahora de ofensas, como se cubre de inmundicia la estatua derribada de un príncipe depuesto. Los periódicos, irónicos en su triunfo, ridiculizaron mi miseria. La Aristocracia, que balbuciera adulaciones a los pies del nabab, ordenaba ahora a sus cocheros que atropellasen en las calles el cuerpo encogido del chupatintas de secretaría. El Clero, al que yo enriqueciera, me acusó de "hechicero"; el Pueblo me tiró piedras, y la señora Marques, cuando yo me quejaba, humilde, de la dureza granítica de los bistecs, se ponía en jarras y gritaba:
