El Mandarín

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III

 

Entonces inicié mi vida de millonario. Dejé inmediatamente la casa de la señora Marques, que, al enterarse de que era rico, empezó a obsequiarme todos los días con arroz con leche, y ella misma me servía, con su vestido de seda dominical. Compré y habité un palacete amarillo en Loreto; la suntuosidad de mi alojamiento es conocida gracias a las indiscretas fotografías de la Ilustración Francesa. En toda Europa adquirió gran fama mi lecho, de un gusto exuberante y bárbaro, con los pilares cubiertos de láminas de oro repujado, y cortinas de un rico brocado negro, en que destacan bordados con perlas algunos versos eróticos de Catulo; una lámpara, colgada dentro del baldaquín, esparce allí la claridad blanquecina y apacible de una luna de verano.

Mis primeros meses de rico, no lo oculto, los consumí amando, con el latir sincero del corazón de un joven inexperto. La había visto, como en una página de novela, regando sus claveles en el balcón. Se llamaba Cándida, era menuda y rubia; vivía en la calle Buenos Aires, en una casita modesta, cubierta de enredaderas, y me recordaba, por su gracia y su elegancia, todo lo más fino y frágil que ha creado el arte: Mimí, Virginia, la Joaninha del Valle de Santarem.


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