El Mandarín
El Mandarín
El viaje del "Ceilán" hasta Shanghai resultó tranquilo y monótono.
Desde allí remontamos el río Azul hasta TienTsin en un pequeño steamer de la Compañía Russel. Yo no iba a visitar China con la curiosidad ociosa del turista. Todo el paisaje de aquella provincia, similar al de los jarrones de porcelana, de un tono azul y vaporoso, con pequeñas colinas peladas y, de vez en cuando, un arbusto frondoso, me dejó sombríamente indiferente.
Cuando el capitán del vapor, un yanqui descarado con cara de chivo, al pasar por Nankín, me propuso visitar las ruinas monumentales de la vieja ciudad de la porcelana, me negué con un movimiento seco de cabeza, sin apartar siquiera mis tristes ojos de la corriente cenagosa del río.
¡Qué largos y lúgubres me resultaron los días de navegación desde Tien-Tsin a Tung-Chu, en barcos chatos, nauseabundos por el olor de los remeros chinos! Unas veces atravesábamos las tierras bajas, inundadas por las aguas del Pei-Ho; otras, avanzábamos a lo largo de descoloridos arrozales interminables; aquí se alzaba una triste aldea de barro negro, allá veíamos un campo cubierto de ataúdes amarillos; a cada momento nos encontrábamos cadáveres de mendigos, hinchados y verdosos arrastrados por la corriente bajo un cielo amenazante.
