El Mandarín
El Mandarín
Se acababa ya la tarde y el sol caía como un escudo de metal ardiente cuando llegamos a TienHo.
Por el lado sur, junto a un torrente que bramaba entre rocas, se alzaban las murallas oscuras de la ciudad. Hacia el este, la llanura árida y polvorienta se extendía hasta un grupo de colinas donde clareaba una gran construcción, una misión católica. Y más allá, hacia el extremo norte, estaban las eternas montañas violetas de Mongolia, suspendidas siempre en el aire como nubes.
Nos alojamos en un barracón apestoso, llamado Posada de la Consolación Terrestre. Me reservaron la habitación principal, que se abría sobre una galería sujeta por estacas, adornada de forma extraña con dragones de papel recortado, colgados con cordones del maderamen del techo; a la menor brisa, aquella legión de monstruos fabulosos oscilaba rítmicamente, con un rumor seco de hojarasca, como animada de una vida sobrenatural y grotesca.
Antes de que oscureciese fui con Sa-To a visitar la ciudad, pero renuncié muy pronto, repugnado por el hedor abominable de las callejuelas. Todo me pareció negro: las casuchas, el suelo embarrado, los arroyos, los perros hambrientos, el vulgo despreciable... Me retiré a la posada, donde unos arrieros mongoles y unos muchachos piojosos me miraban asombrados.
