El primo Basilio
El primo Basilio Hacia las tres de la tarde Juliana entró en la cocina y se dejó caer en una silla, rendida. ¡No la sostenían las piernas, de debilidad! ¡Desde las dos estaba de arreglos en la sala! Era una pocilga. ¡El gomoso dejó, incluso, el día anterior ceniza de tabaco encima de las mesas! Y la esclava era quien lo pagaba. ¡Qué calor! ¡Era derretirse! ¡Uf!
—El caldito estará pronto, ¿verdad? —dijo dulcificando la voz—. Sáquelo, señora Juana, por favor.
—Tiene usted hoy otra cara —observó la cocinera.
—¡Ay! ¡Me siento otra, señora Juana! Y eso que me dormí al amanecer. ¡Alumbraba ya el sol!
—¡Pues y yo! ¡Había tenido cada sueño! ¡Vaya!
¡Una ola de fuego se le paseaba por encima del cuerpo, aplastándole el estómago, como quien pisa uvas en un lagar!
—Eso es un atasco —dijo, sentenciosamente, Juliana, y repitió—: Pues yo me siento otra. Hace meses que no me sentía tan bien.
