El primo Basilio
El primo Basilio Habían dado las once en el reloj de cuco del comedor. Jorge cerró el libro de Luis Figuier que estaba hojeando despacio, tumbado en la vieja poltrona voltaire de tafilete oscuro; se desperezó y, bostezando, dijo:
—¿No vas a vestirte, Luisa?
—En seguida.
Permanecía ella sentada ante la mesa leyendo el Diario de Noticias, en su bata de mañana, negra, bordada en soutache, con grandes botones de nácar; su pelo rubio, un poco revuelto por el calor del almohadón, se rizaba, recogido en lo alto de la cabeza, pequeña, de lindo contorno; su piel tenía la blancura tierna y lechosa de las rubias; apoyada de codos sobre la mesa, se acariciaba la oreja, y, en el movimiento suave y pausado de sus dedos, dos sortijas de rubíes menudos centelleaban bermejas.
Acababan de desayunar.
