El primo Basilio

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Capítulo V

La mañana era sofocante. Pero después del mediodía, Juana, tumbada en un viejo sillón de mimbre de la isla de Madeira que había en la cocina, dormía la siesta. Como madrugaba mucho, aquella hora tranquila le producía siempre sopor.

Las ventanas estaban cerradas al sol centelleante; las ollas hacían un runrún adormecedor en la lumbre; y toda la casa, muy silenciosa, parecía amodorrada en la pereza del calor tórrido, cuando Juliana entró como una tromba, arrojó al suelo, furiosa, un montón de ropa sucia y gritó:

—¡Que me parta un rayo si no se arma en esta casa un escándalo que lo va a arrasar todo!

Juana dio un brinco, sobresaltada.

—¡El que quiere las cosas en orden que cuide de ellas! —chilló la otra con los ojos inyectados—. ¡No se está una todo el día en la sala charlando con las visitas!

La cocinera fue a cerrar la puerta precipitadamente, asustada ya.

—¿Qué ha sido, Juliana, qué ha sido?

—¡Está con la desazón, le hierve la sangre! ¡Unas sangrías, unas sangrías! ¡Molesta sin cesar! ¡No puedo aguantarla, no puedo!

Y pateaba, frenética.

—Pero ¿qué ha sido, qué ha sido?


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