El primo Basilio
El primo Basilio Fue Juliana la que, a la mañana siguiente, vino a despertar a Luisa, diciendo desde la puerta de la alcoba con voz sofocada, confidencialmente:
—¡Señora! ¡Señora! Es un criado con esta carta; dice que viene del hotel.
Fue a abrir una de las ventanas, de puntillas, y volviendo a la alcoba con misteriosa cautela:
—Está en la puerta esperando la contestación.
Luisa, adormilada, abrió el ancho sobre azul con un monograma, dos BB, una roja y otra dorada, bajo una corona condal.
—Bien, no tiene contestación.
—No tiene contestación —fue a decir Juliana al criado, que esperaba recostado en la barandilla, fumando un gran puro y acariciándose las patillas negras.
—¿No tiene contestación? Bien, muy buenos días —levantó un dedo secamente hasta el borde de la gorra y bajó tambaleándose.
«¡Guapo hombre!», iba pensando Juliana por la escalera de la cocina.
—¿Quién ha llamado, señora Juliana? —le preguntó en seguida, la cocinera.
Juliana rezongó:
—Nadie; un recado de la modista.
