El primo Basilio

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Capítulo VIII

La primera impresión de Luisa, apenas volvió en sí, fue que dos figuras que no conocía estaban inclinadas sobre ella. Una, la más fuerte, se apartó; el frío sonido de un frasco de cristal, dejado sobre el mármol del tocador, la despertó. Oyó entonces una voz que decía quedamente:

—Está mucho mejor. Pero ¿y le dio de repente, señora Juliana?

—De repente.

—Yo la vi entrar tan sofocada…

Unas pisadas cautelosas se acercaron y la voz de Juana le preguntó junto a la cara:

—¿Está mejor la señora?

Abrió los ojos y fue recobrando la percepción clara de las cosas: estaba tendida en la causeuse, le habían desabrochado el vestido y flotaba en el cuarto un fuerte olor a vinagre. Se incorporó sobre el codo, despacio, con una mirada errante, vaga:

—¿Y la otra?

—¿Juliana? Ha ido a echarse. Tampoco se encontraba bien; fue al ver así a la señora, pobrecilla… ¿Está usted mejor?

Se sentó. Sentía un gran cansancio en todo el cuerpo: el cuarto entero le pareció que oscilaba lentamente.

—Puede usted irse, Juana, puede irse —dijo.


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