El primo Basilio
El primo Basilio La primera impresión de Luisa, apenas volvió en sí, fue que dos figuras que no conocía estaban inclinadas sobre ella. Una, la más fuerte, se apartó; el frío sonido de un frasco de cristal, dejado sobre el mármol del tocador, la despertó. Oyó entonces una voz que decía quedamente:
—Está mucho mejor. Pero ¿y le dio de repente, señora Juliana?
—De repente.
—Yo la vi entrar tan sofocada…
Unas pisadas cautelosas se acercaron y la voz de Juana le preguntó junto a la cara:
—¿Está mejor la señora?
Abrió los ojos y fue recobrando la percepción clara de las cosas: estaba tendida en la causeuse, le habían desabrochado el vestido y flotaba en el cuarto un fuerte olor a vinagre. Se incorporó sobre el codo, despacio, con una mirada errante, vaga:
—¿Y la otra?
—¿Juliana? Ha ido a echarse. Tampoco se encontraba bien; fue al ver así a la señora, pobrecilla… ¿Está usted mejor?
Se sentó. Sentía un gran cansancio en todo el cuerpo: el cuarto entero le pareció que oscilaba lentamente.
—Puede usted irse, Juana, puede irse —dijo.
