El primo Basilio
El primo Basilio Juliana había vuelto a casa de Luisa siguiendo los consejos de la tía Victoria…
—Mira, hija —le dijo—, ¡no hay que negarlo, el pájaro se nos escapó! ¡Ya puedes suspirar, que el dinero en grande se fue! ¡Quién podía imaginar que el hombre iba a levantar el vuelo! ¡No hay modo de entenderlo! Porque de ella no puedes esperar ni una perra.
—Me daré el gusto de mandar las cartas al marido, tía Victoria.
La vieja se encogió de hombros.
—No ganarás nada con eso. Con que ellos se separen, con que la rompa un hueso o la meta en un convento, tú no sacas nada. Y si se arreglan, te quedarás chupándote un dedo y no tendrás siquiera el consuelo de armar cizaña. Y esto en el mejor de los casos, porque encima puedes quedarte poniéndote paños con vinagre si mandan que te den una tanda de palos.
Y viendo el gesto espantado de Juliana:
—No sería el primer caso, hija; no sería el primero. ¡Mira que en Lisboa pasan muchas cosas y no todas vienen en los periódicos!
Realmente, ella lo que tenía que hacer era volver a la casa. Porque, en fin ¿qué quedaba de todo aquello? El miedo de doña Luisa: éste era el que la removía por dentro, y de éste había que sacar provecho…
