El primo Basilio
El primo Basilio Aquel día, hacia la una, Jorge y Luisa acababan de almorzar, como en la víspera de la partida de él. Pero ahora no pesaba la centelleante inclemencia de la calima. Los balcones estaban abiertos al grato sol de octubre. Pasaban ya en el aire ciertos frescores otoñales; había una tierna palidez en la luz; al anochecer «venían muy bien» los abrigos, y unos tonos amarillentos empezaban a envejecer las verduras.
—¡Qué bien está uno, otra vez, en su nido! —dijo Jorge, estirándose en el sillón.
Estuvo contando su viaje a Luisa. ¡Había trabajado como un negro y ganado dinero! Traía los elementos para un magnífico informe. Hizo amistades entre aquella buena gente del Alentejo. Se acabaron las insolaciones, las cabalgadas por los encinares, los cuartos en posadas; estaba allí, al fin, en su casita. Y como en la víspera de su marcha, lanzaba el humo del cigarro, atusándose con delicia el bigote, ¡porque se había cortado la barba! Luisa se quedó muy sorprendida al verle. Y él explicó, con humilde melancolía, que le había salido un furúnculo en la barbilla con el calor.
—¡Pues te sienta muy bien! —le dijo ella—, ¡te sienta muy bien!
